Domingo, 26 de octubre de 2014

Esta sociedad anda vacía en la necedad, olvida los niños que mueren de hambre o de enfermedades, pero sale contra el sacrificio de un perro; es desaforadamente animalista y muy poco humanista. La sandez de la ‘new age’ sustituye milenarias creencias. Los síntomas de un giro cultural hacia lo peor saltan a la vista; la tecnología y la ciencia siguen un progreso evidente y, a su vez,  por doquier triunfan el buenismo y el conformismo.

Existe un retroceso intelectual masivo; frente a la minoría que avanza y gusta la ciencia y el arte, una multitud creciente vuelve la espalda al pensamiento libre y complejo; las televisiones de la basura atraen a la mayoría, las redes sociales ni informan ni educan, conllevan sólo griterío y palabrerío entre palabrotas; se hunde el número de lectores de libros y periódicos y en universidades e institutos las autoridades académicas ordenan el aprobado general. El progreso, la excelencia un tanto menor cuanto mayor es el grupo: El punto débil de la democracia, la barbarización generalizada; ello da paso a una paradójica utopía: la brutez mayoritaria y apática renuncia placentera al poder y lo entrega a la minoría que resistió la barbarie. Puede venir una democracia meritocrática en la que la masa no vota,  porque no quiere y deja el ejercicio del voto a los mejores, así el campo queda para los políticos de rango, puesto que los políticos peores sólo se mantenían gracias al apoyo de la ignorancia.

Esto es alarmante, algo que horroriza. La modernidad se ha revestido del ropaje agujereado del concepto de volatilidad; la gente se ha acomodado gustosamente a la fragilidad del individuo y a la vacua y acelerada caducidad del ambiente. El hombre anda perdido, se siente desasido sin el sentido de seguridad y el futuro se le ha desvanecido; hoy se ha sumergido en un cambio vertiginoso que atrapa su vida y lo rodea con un todo insulso y fugaz; se han desvalorizado los vínculos personales y laborales, la consistencia política y la estética e incluso lo sexual. Los avances de la física confirman el concepto de volatilidad, pues las partículas de la materia en continuo movimiento interactúan en una trayectoria imposible de predecir.  Al hombre, formado para conducir su vida en la exactitud y acierto, la volatilidad le incomoda por descubrirle su propia fragilidad.

         La rauda progresión de los acontecimientos desdibuja la perspectiva y obstaculiza la distinción de lo bueno y lo malo, lo valioso y lo trivial; sólo apesadumbra el presente efímero que nos arrebata como huracán; no logramos dominar el empuje de unos cambios que no regulamos y que también escapan al control de las instituciones y de los partidos; por ello, aparecen formaciones como Podemos, cuyo éxito se basa en mostrar soluciones fáciles y simplistas a cuestiones enormemente enrevesadas y no a su alcance, que, al fin, son antiguallas ya fracasadas y sin provecho social.

                La volatilidad, al dejar de ser un hecho externo, ha venido a convertirse en esencia  de las cosas; ya Heidegger refirió el progreso de la técnica y de la despersonalización de la sociedad contemporánea. La volatilidad nos obstruye ser y nos impele, no a existir, sino a sobrevivir en un ambiente siempre cambiante, que obliga a la adaptación; es simple darwinismo. En realidad, no se puede  saber a dónde lleva esta propensión de los grupos humanos tan desarmados que los retrotrae a la fragilidad del hombre del Paleolítico.


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 9:13
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