lunes, 05 de abril de 2010

«La educación bien lograda es forma­ción en el uso correcto de la libertad»

Benedicto xvι.

 

Es bien conocida la opinión de que educar consiste en ceder y permitir las demandas del chico y dejarlo al arbitrio del simple desarrollo natural del instinto y de sus pa­siones; ya Rousseau propugnó este naturalismo de la bondad original; es la «falsedad original» de la peda­gogía moderna, tras la que late la negación, sin pruebas, de la doctrina cristiana del pecado original. Defienden que el instinto siempre es bueno y no necesita ser reglado por la razón, que se desarrolla naturalmente sin tener que realizar ningún es­fuerzo. Santo Tomás, en cambio, pensaba que existe una tendencia de la naturaleza corrompida por el pecado que se opone a los dic­tados de la recta razón: es la carga de la concupiscencia, para corregirla, es necesario el esfuerzo consciente de la voluntad y el impulso orientativo del educador; ya San Agustín escribía:«el amor es la fuerza que me arras­tra»; «el amor a Dios me arrastra hacia la verdad y el bien; el amor desordenado a mí mismo y al mundo, hacia la mentira y el mal». La pedagogía emancipadora y permisiva de estos tiempos ha ignorado intencionadamente esta estructura antropológica del ser hu­mano. Se quería formar un hombre libre y liberado; los resultados, en cambio, han sido el fracaso y la vaciedad del sistema educativo, a pesar de las promesas logsísticas.

En ese derecho natural, se constata que los deseos son caprichosos y variables; la riada de voliciones, interrogantes y exigencias contradic­torias del educando han de ser reconducidas, para que madure y domine y no se vea desgarrado por sus bajos impulsos. La libertad del hombre no se halla en el instinto y el capricho. Sólo ante la imagen del verdadero bien, el ser humano puede escoger y establecer inteligente y libre las estructu­ras interiores. Como reacción a una pedago­gía autoritaria y coercitiva de una fase histórica anterior, se ha otorgado un gran valor a la espontaneidad, a lo lúdico y a la cesión continua; sin embargo, se comprueba que la elección espontánea obedece a un im­pulso irreflexivo y voluble y se torna una elec­ción equivocada y destructiva para el sujeto.

Hoy, en el proceso educativo, se desdeñan siste­máticamente dos fundamen­tos esenciales: La renuncia, en el educando y la autoridad, en el educador. La renuncia supone esfuerzo, moderación, sacrificio, disciplina, decir que no, resistir la violencia del impulso que exige la satisfacción inmediata. El permisivismo contemporáneo ha desechado la renuncia identificándola con la «represión»; la renuncia implica ciertamente la fuerza de reprirnir el instinto, la capacidad de encauzar su energía mediante el esfuerzo y disciplina hacia la verdad. Y la autoridad es una experiencia hu­mana viva, la existencia de los valores en una persona que testimonia tales bienes y hace que los demás los puedan percibir directa y fácilmente. La au­toridad es maestro y luz en el camino hacia la experiencia del bien. Sin renuncia y sin autoridad no hay acción educativa.

La sociedad permisiva, al ofrecer al joven la satisfacción inmediata del instinto y los caprichos, pre­cisamente deseduca, dificulta la formación de una personalidad libre, capaz de controlar las pasiones y disciplinar su instinto, de establecer su propia relación con la verdad y de hacer de esa rela­ción modelo de la propia construcción social. La edu­cación insta a luchar por controlar las propias pasiones, a buscar la verdad, a orientar los impulsos según la verdad y hacia la verdad. El hombre llega a ser libre cuando reconoce la verdad; la obediencia a la verdad libera al hombre de la ti­ranía de las opiniones dominantes y de la sumisión a los hombres y a las propias pasiones; por el contrario, tal sumisión destruye la personalidad respon­sable y envilece; y en fin, da lugar a una masa fácilmente mani­pulable por el poder social dirigente. Este es el problema de la educación en nuestro tiempo. La vida es opción; entre la libertad del instinto y la libertad de la persona, el hombre ha de ser capaz de dominar su propio instinto, para llegar a ser libre y dueño de sí mismo.

                                                        C. Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:31
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