lunes, 11 de febrero de 2008
En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? Clamó Moisés al Señor y dijo: ¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. Respondió el Señor a Moisés: Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y ve que, allí, estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá agua, para que beba el pueblo.



Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?(Éx 17,3-7).







El pueblo de Dios, liberado de la esclavitud opresiva de Egipto, ha de pasar por sus propias esclavitudes antes de llegar a la tierra de la libertad. Tienen que cruzar el desierto del desarraigo y desamparo, carencia y enfermedad, hambre y sed, duda y tortura, la prueba. El lugar de la tentación se llamó Massá y Meribá, porque, allí, los hijos de Israel habían tentado al Señor con sus dudas y gritos: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? Y la tentación era constante. Necesitaban más pruebas de la presencia de Yahvé.



Pero el insatisfecho, el de poca fe, el que busca pruebas no se satisface nunca. Como sucede siempre; pasaba en tiempos de Jesús y pasa también en nuestro tiempo. ¿Dónde está Dios que permite el hambre o el terremoto devastador, el accidente, la enfermedad o el fracaso? Dios no dará más pruebas. Ofrece sólo ciertos signos y señales de su presencia para los que tienen ojos y quieren ver. Siempre puede dar el maná, hacer brotar de la roca agua para los sedientos; siempre se encontrará un profeta que indique el camino o un cristiano y la voz de Dios. El desierto puede llegar a ser lugar de encuentro y reflexión, el actual Meribá se halla en la justicia y el amor.



Antes de llegar a la tierra prometida, el pueblo de Dios debe sufrir su Massá, la escasez y la enfermedad, la duda y la tortura, la prueba. El pueblo de Dios, entre reyerta y tentación, pasa la experiencia de la injusticia dominante, el hambre consentida, la violencia imparable, el paro creciente, las crisis multiplicadas, los interrogantes sin respuesta; a su vez, la mediocridad de la Iglesia, los pecados y errores de la Iglesia, las divisiones de la Iglesia; y, ahí, en medio de todo ello, resuena el silencio de Dios... "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?".



El contraste entre la fe y la duda es patente. Abraham cree en la promesa de una realidad futura, mientras que el pueblo de Israel duda y eso tras experimentar la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. La confianza del pueblo es escasa o nula. El pueblo no está en la entrega a Dios. El camino hacia la liberación es duro, todo esfuerzo humano conlleva siempre sus dificultades. La libertad es un bien, y difícil de alcanzar, de ahí surgen el problema y el riesgo que entrañan, esa es la historia de la humanidad contemporánea.



La conducta correcta del pueblo ante el escollo y el peligro estriba en tratar de superarlos, en lugar de protestar, que es lo más fácil. La queja sin el esfuerzo constante es inmadurez en la fe, debilidad, simple protesta. Israel tergiversa su salida, al interpretar su liberación como una salida hacia la muerte. Es la ofuscación del pueblo ante el peligro. Moisés, agente de la liberación, es acosado y maltratado: "poco falta para que me apedreen". Moisés es el auténtico líder que soporta las dificultades y las quejas. Pero, ruega siempre e intercede. El Dios del éxodo sigue mostrando poder y voluntad de salvar, a pesar de la desconfianza y de la rebeldía de los que han de ser salvados. La presencia de Dios percibida es un don al que confía, aun en la oscuridad.



El pueblo tienta a Dios. Aquí tentar a Dios es dudar, no fiarse a pesar de las pruebas que les ha ido dando y les da. Han dejado atrás la opresión y ahora murmuran y se quejan. Dudan y Dios responde, con la eficaz acción de Moisés, de la roca de Horeb salta, corre el agua viva y salvadora. Según la interpretación rabínica, la roca acompañó a Israel en su peregrinación por el desierto. Pablo afirmará que esta roca es Jesús (1 Cor 10,4), presencia de Dios salvadora, fuente de agua cristalina que calma la sed y salta hasta la vida eterna (Jn 4,13ss; 7,37ss; Ap 7,17; 21,6; 22,17...). El agua crea, mantiene y acrecienta la vida. El agua es la vida. Jesús dijo: "Si alguno tiene sed venga a mí y beba; el que cree en mí se saciará, como dice la Escritura, ríos de agua viva manarán de su seno”. Un agua que calma también la sed en el sentido profundo, en cuanto que señala el poder y la actitud salvadora de Dios.



El cristiano, a veces, tienta al Señor abandonando la fuente verdadera y cavando, en su lugar, aljibes agrietados incapaces de retener el agua (Jr 2,13; 17,13...). La murmuración y la queja son elementos constantes en todo proceso de liberación. ¡Eterno sino de una humanidad que siempre se revuelve sobre sí misma, cuando se le ofrece el don de la libertad! Parece preferir antes la seguridad en la esclavitud, que la libertad con sus riesgos.



Moisés tuvo que compartir las dificultades del pueblo y cargar con sus quejas. Dudamos que, hoy, los dirigentes políticos y religiosos carguen con las angustias y las quejas, y que compartan las decepciones, miserias e injusticias del ciudadano. Dicen, hablan y prometen, pero, luego, se suben el sueldo, se aferran al poder y se olvidan de las promesas. ¿Ruegan e interceden por su pueblo para que reciba el agua viva de la justicia y del bien común? El pueblo tiene sed, siente hambre y necesita apoyo, para pasar el desierto del injusto reparto de los bienes.

Camilo Valverde
Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:27
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