DOS POEMAS
MANITAS DE ARMIÑO
¿Dónde está el que ha nacido, El Rey de
los judíos? (Mt 2, 2).
Manitas de armiño
expuestas al hielo.
Recordad a mi niño
que viene del cielo.
Su carilla es de rosa
y su boca un clavel.
Manitas de mi niño
que serán nuestra luz.
Retirad con cariño
el cáliz de la cruz.
Su carilla es de rosa
y su boca un clavel.
OJITOS SIN BRISA
“Una voz se oyó en Rama,
llanto y lamento grande.
Raquel lloraba a sus hijos
y no quería ser consolada,
porque no existían”
(Jr 31,15; Mt 2,18).
Las nubes, abrazando la inocencia
del niño con sus brazos siderales,
se unieron, en sus besos inmortales,
a la madre, con honda reverencia.
Sus pupilas sumidas en la ausencia
buscaron, por las rutas celestiales,
la voz de los gemidos abismales
que los astros lanzaban con vehemencia.
Viles hachas hendieron su cabeza,
sus ojitos se hundieron en la brisa,
y fue muerte en un cielo de tristeza;
en sus labios tembló turquí sonrisa
yerta por la ira cruel de la vileza
con que Herodes vertió sangre sumisa.
Camilo Valverde Mudarra
¿Dónde está el que ha nacido, El Rey de
los judíos? (Mt 2, 2).
Manitas de armiño
expuestas al hielo.
Recordad a mi niño
que viene del cielo.
Su carilla es de rosa
y su boca un clavel.
Manitas de mi niño
que serán nuestra luz.
Retirad con cariño
el cáliz de la cruz.
Su carilla es de rosa
y su boca un clavel.
OJITOS SIN BRISA
“Una voz se oyó en Rama,
llanto y lamento grande.
Raquel lloraba a sus hijos
y no quería ser consolada,
porque no existían”
(Jr 31,15; Mt 2,18).
Las nubes, abrazando la inocencia
del niño con sus brazos siderales,
se unieron, en sus besos inmortales,
a la madre, con honda reverencia.
Sus pupilas sumidas en la ausencia
buscaron, por las rutas celestiales,
la voz de los gemidos abismales
que los astros lanzaban con vehemencia.
Viles hachas hendieron su cabeza,
sus ojitos se hundieron en la brisa,
y fue muerte en un cielo de tristeza;
en sus labios tembló turquí sonrisa
yerta por la ira cruel de la vileza
con que Herodes vertió sangre sumisa.
Camilo Valverde Mudarra

