LA PAZ
En el Salmo 85, encontramos estas palabras de Yahvé:
"El amor y la lealtad se darán cita,
la justicia y la paz se abrazarán.
La lealtad germinará la tierra,
y de los cielos se asomará la justicia.
.....
La justicia marchará delante de Él,
y la paz sobre la huella de sus pasos.
Estos hermosísimos versos del salmista nos calan hondo y avivan nuestra esperanza con este magnífico anuncio: El amor, la justicia y la paz se darán cita y germinarán en la tierra. Es la gran promesa que Dios, Nuestro Padre, nos ha dejado escrita en su Libro Sagrado.
La Biblia, lo hemos dicho en alguna otra ocasión, es el libro de los libros, escrito por Dios a través de la mano del hombre. Es la carta, el mensaje sagrado que lega a todos los hombres de la tierra, sus hijos. Y es tal que, por cualquier página o pasaje que la abramos y leamos, siempre encontramos el consuelo a nuestro llanto, el bálsamo a nuestras heridas, la razón de nuestras alegrías y la resolución definitiva de nuestras inquietudes.
Reflexionemos despacio, en unos momentos tranquilos del día, en la extraordinaria promesa de Yahvé: La justicia y la paz germinarán entre su pueblo, entre sus hijos, esto es, en el corazón de todos los hombres.
El verbo "germinar" significa brotar, crecer, aumentar. Quiere decir, pues, que Dios anuncia, promete al hombre que la justicia y la paz brotará y crecerá por fin, un día, en este mundo lacerado por la guerra, aterrorizado por el asesinato y el secuestro, aterido por tantos egoísmos, famélico por diversas clases de hambre, inmerso en tanta injusticia y abrasado por tanto odio.
Pero esta es nuestra certera esperanza: "La justicia marchará delante de Él y la paz sobre la huella de sus pasos". Llegará ese día en que se implantará Su Reino, y germinará la justicia. La paz no es más que el resultado del reinado de la justicia. Ese día llegará, sólo Él conoce cuando, pero estamos seguros que llegará. A nosotros hoy sólo nos cabe trabajar por la paz y anidar en nuestro corazón la justicia en la espera confiada, con la seguridad de la promesa que nos ha legado Nuestro Padre Celestial.
Por esto, pidámosle con fe, en nombre de su hijo Jesucristo: Señor, venga a nosotros tu Reino. Pues, Jesús nos dejó dicho: "lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá".
¡Oh Señor!, aumenta, cada día nuestra fe, esperanza y caridad. Implanta, en el corazón de cada hombre, la justicia y la paz.
Tras su encuentro con Jesús, los discípulos de Emaús, al haberlo reconocido en el partir el pan, se volvieron y les contaban a sus hermanos su encuentro con el Maestro en el camino. Estaban hablando estas cosas, cuando Jesús mismo se presentó en medio de ellos, diciendo: Shalom. La paz sea con vosotros (Lc 24, 36).
"Mi paz os doy, la paz os dejo; no como el mundo la da, os la doy yo" (Jn. 14,25). Yo doy la Paz con mayúscula, la verdadera, la del reino de Dios. Como a la Samaritana le dice: Yo te daré agua, no la del pozo, sino agua viva, que bebida, ya nunca más tendrás sed. Y en el Sermón de la Montaña proclama: "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9).
En este mundo de violencia desatada que estamos viviendo, es absolutamente necesario que meditemos a diario en estas palabras de Jesús, el Señor, y las hagamos vida en nuestra vida y las pongamos en práctica.
La paz sea con vosotros; que esté, que anide, que sea consustancial a nuestro ser de cristianos. Los pacíficos, los que imparten, los que implantan la paz, los que la transmiten, esos serán llamados hijos de Dios, y serán los herederos de su Reino de Amor.
Nuestra labor prioritaria debe centrarse en la consecución de la paz en el mundo. Y orar todos los días: "Venga a nosotros Tu Reino", que la paz encuentre acomodo en esos corazones cerrados y duros que matan y asesinan con tanta facilidad, que desprecian y maltratan al hermano pobre y desvalido. Que la paz sea con ellos.
Recemos a todas horas la oración de la Santa Misa: "Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da”, sino la paz verdadera del Reino de Dios, para que anide en todos nosotros y se incruste en el interior del hombre. Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él lo concederá. Si la paz no está en el corazón de cada hombre, no será posible en el mundo.
A nuestras manos puede que vengan otros instrumentos para conseguir la paz y extirpar el odio y la violencia; pero el más sencillo y poderoso nos lo dejó Él: "Lo que pidáis al padre en mi nombre, yo lo haré". Pidámosle con fe la paz. Recemos todos los días la oración de la Santa Misa: "Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da, sino la paz verdadera del Reino de Dios, para que habite en todos nosotros y se incruste en el interior del hombre”.
Si la paz no está en el corazón de cada hombre, no será posible en el mundo.
Camilo VALVERDE MUDARRA
"El amor y la lealtad se darán cita,
la justicia y la paz se abrazarán.
La lealtad germinará la tierra,
y de los cielos se asomará la justicia.
.....
La justicia marchará delante de Él,
y la paz sobre la huella de sus pasos.
Estos hermosísimos versos del salmista nos calan hondo y avivan nuestra esperanza con este magnífico anuncio: El amor, la justicia y la paz se darán cita y germinarán en la tierra. Es la gran promesa que Dios, Nuestro Padre, nos ha dejado escrita en su Libro Sagrado.
La Biblia, lo hemos dicho en alguna otra ocasión, es el libro de los libros, escrito por Dios a través de la mano del hombre. Es la carta, el mensaje sagrado que lega a todos los hombres de la tierra, sus hijos. Y es tal que, por cualquier página o pasaje que la abramos y leamos, siempre encontramos el consuelo a nuestro llanto, el bálsamo a nuestras heridas, la razón de nuestras alegrías y la resolución definitiva de nuestras inquietudes.
Reflexionemos despacio, en unos momentos tranquilos del día, en la extraordinaria promesa de Yahvé: La justicia y la paz germinarán entre su pueblo, entre sus hijos, esto es, en el corazón de todos los hombres.
El verbo "germinar" significa brotar, crecer, aumentar. Quiere decir, pues, que Dios anuncia, promete al hombre que la justicia y la paz brotará y crecerá por fin, un día, en este mundo lacerado por la guerra, aterrorizado por el asesinato y el secuestro, aterido por tantos egoísmos, famélico por diversas clases de hambre, inmerso en tanta injusticia y abrasado por tanto odio.
Pero esta es nuestra certera esperanza: "La justicia marchará delante de Él y la paz sobre la huella de sus pasos". Llegará ese día en que se implantará Su Reino, y germinará la justicia. La paz no es más que el resultado del reinado de la justicia. Ese día llegará, sólo Él conoce cuando, pero estamos seguros que llegará. A nosotros hoy sólo nos cabe trabajar por la paz y anidar en nuestro corazón la justicia en la espera confiada, con la seguridad de la promesa que nos ha legado Nuestro Padre Celestial.
Por esto, pidámosle con fe, en nombre de su hijo Jesucristo: Señor, venga a nosotros tu Reino. Pues, Jesús nos dejó dicho: "lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá".
¡Oh Señor!, aumenta, cada día nuestra fe, esperanza y caridad. Implanta, en el corazón de cada hombre, la justicia y la paz.
Tras su encuentro con Jesús, los discípulos de Emaús, al haberlo reconocido en el partir el pan, se volvieron y les contaban a sus hermanos su encuentro con el Maestro en el camino. Estaban hablando estas cosas, cuando Jesús mismo se presentó en medio de ellos, diciendo: Shalom. La paz sea con vosotros (Lc 24, 36).
"Mi paz os doy, la paz os dejo; no como el mundo la da, os la doy yo" (Jn. 14,25). Yo doy la Paz con mayúscula, la verdadera, la del reino de Dios. Como a la Samaritana le dice: Yo te daré agua, no la del pozo, sino agua viva, que bebida, ya nunca más tendrás sed. Y en el Sermón de la Montaña proclama: "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9).
En este mundo de violencia desatada que estamos viviendo, es absolutamente necesario que meditemos a diario en estas palabras de Jesús, el Señor, y las hagamos vida en nuestra vida y las pongamos en práctica.
La paz sea con vosotros; que esté, que anide, que sea consustancial a nuestro ser de cristianos. Los pacíficos, los que imparten, los que implantan la paz, los que la transmiten, esos serán llamados hijos de Dios, y serán los herederos de su Reino de Amor.
Nuestra labor prioritaria debe centrarse en la consecución de la paz en el mundo. Y orar todos los días: "Venga a nosotros Tu Reino", que la paz encuentre acomodo en esos corazones cerrados y duros que matan y asesinan con tanta facilidad, que desprecian y maltratan al hermano pobre y desvalido. Que la paz sea con ellos.
Recemos a todas horas la oración de la Santa Misa: "Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da”, sino la paz verdadera del Reino de Dios, para que anide en todos nosotros y se incruste en el interior del hombre. Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él lo concederá. Si la paz no está en el corazón de cada hombre, no será posible en el mundo.
A nuestras manos puede que vengan otros instrumentos para conseguir la paz y extirpar el odio y la violencia; pero el más sencillo y poderoso nos lo dejó Él: "Lo que pidáis al padre en mi nombre, yo lo haré". Pidámosle con fe la paz. Recemos todos los días la oración de la Santa Misa: "Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo la da, sino la paz verdadera del Reino de Dios, para que habite en todos nosotros y se incruste en el interior del hombre”.
Si la paz no está en el corazón de cada hombre, no será posible en el mundo.
Camilo VALVERDE MUDARRA

