martes, 17 de octubre de 2006

LA MUJER, PRINCIPIO CONFORMANTE

En la historia del pensamiento, se han dado variadas opiniones sobre la mujer. Algunos han defendido una indiferenciación, al considerar el sexo únicamente como tema biológico en el sentido vegetativo de la reproducción. Otros, ante las notas existenciales y las actitudes vitales, aducen diferencias propias en la aprehensión del mundo regulada por el orden biológico y por el campo psicológico. Hecho este que ha quedado patente, al incorporarse la mujer a multitud de tareas, vedadas hasta el momento, en la extraordinaria destreza y rigor con que desarrolla cualquiera encomendada. Son muchos los que apuntan una idéntica dignidad y una función distinta. Tesis que, en muchas épocas, ha sustentado la actitud social de la consideración en rango de inferioridad: por infravaloración, se la coloca en el orden estético o de diversión; o, reconociendo su valor, se le recluye en el hogar, donde tiene su único ámbito de desarrollo. Ciertas culturas la han visto como base de las labores y origen de la existencia por lo que se le hacía realizar enormes esfuerzos agrícolas creyendo que su influjo fecundante alentaría y vivificaría los frutos del campo.
La mujer es el principio conformante de la familia, de manera que, cuando falta, la familia se diluye, se disgrega y casi deja de tener entidad. Es la que une, entronca y da consistencia; ella crea hogar, hace familia. Sostiene y vitaliza al marido, al tiempo que da vida y educa a los hijos. El íntimo entronque existente entre educación y desarrollo individual y social indica la relevancia sobresaliente con que la sociedad ha de tratar y suscitar la instrucción materna, familiar y escolar.
Los cambios vertiginosos que estamos viviendo en estos finales de siglo y las transformaciones profundas que ha experimentado la sociedad española, en su estructura social y en sus actitudes y valores, ponen de manifiesto la perentoriedad de fortalecer la acción educativa; a la vez, hechos y conductas, bajo influjo de modas y modismos al uso, dejan aflorar las limitaciones e insuficiencias intrínsecas en la formación individual y colectiva y las dificultades de adaptación y desenfoque de la realidad democrática en una sociedad carente de los hábitos, de los anclajes y de la cultura propios de tal convivencia.
La educación es una imprescindible actuación que debe proporcionar los asideros cognitivos y psicológicos adecuados y potenciar, con el ejercicio, el entendimiento y la voluntad que capacite al educando para afrontar, con rectitud, los problemas y las situaciones nuevas que va a presentar la inercia de los acontecimientos de cada especialísimo momento de su presente.
El íntimo entronque existente entre educación y desarrollo individual y social indica la importancia con que la sociedad ha de tratar y suscitar la instrucción materna, familiar y escolar.
La familia está formada por los miembros que conviven en un hogar. El núcleo vital radica en los cónyuges. La unión natural y la comunión de vida robustecen al niño y le proporcionan las defensas que precisa ante las enfurecidas olas de la vida. Sin embargo, en el espacio que respiramos, se han introducido novedades y tendencias que intentan destruir el matrimonio y la familia. Cervantes en su inmortal “Don Quijote de la Mancha”, afirma: “Es razón concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder daño que provecho es de juicios sin discurso y temerarios” (P. I: Cap. 34). La lección es exacta. Causar el daño y destruir jamás beneficia; es propio de necios e ignorantes. El que dilapida su estructura patrimonial busca veloz su miseria y la de los suyos.
La descendencia, el “creced y multiplicaos”, es un fin natural e inmediato en la institución matrimonial y, a la vez, es el término connatural que confirma la lógica humana de modo directo. La educación de los hijos es un quehacer ineludible de los padres, que son los primeros y máximos responsables de su desarrollo, cuido y acción indispensable que fundamenta todo el futuro del niño. Estaríamos ante una verdad insuficiente, si, en el género humano, quienes tienen potestad y derecho de engendrar, no detentaran también el derecho y el deber de educar a los hijos por mandato de la naturaleza; y esta obra de la naturaleza, absolutamente especialísima, no puede soslayarse ni descuidarse, y, mucho menos, exponerla al desastre seguro, dejándola sin terminar.
La madre es el cimiento angular de la familia, célula vital, en que se configura la vinculación estrecha y convergente de todos sus componentes bajo un nudo de amor y afecto que los aúna en una entidad integral. La madre es el eslabón que cierra y sustenta la unidad familiar; ella, del mismo modo que alimenta y da las primeras papillas, es la principal educadora del niño; de ahí que ese fundamento inicial reciba el nombre de educación materna. La educación de los hijos se halla entroncada coherentemente en los derechos y deberes de los esposos en la esfera de la familia, raíz educadora de los niños en la que han de recibir los robustos asideros de los valores a través de la dulzura, dedicación y autoridad. Pero, es necesaria la labor conjunta de los padres, para lograr lo que es una obligación de justicia a la prole, sin concesiones de blandura, sin dejadez ni abandonos, para fortalecer su personalidad, el carácter y la voluntad, en virtudes consistentes.
Y, al mismo tiempo, para educar hay que estar preparado, nadie puede dar lo que no tiene; sin una sólida formación, no se puede enseñar. Y la lección básica que los padres han de impartir a sus hijos es la del ejemplo; las palabras vuelan y los ejemplos arrastran. El niño hace lo que observa; es una esponja y recoge todo lo que ve y oye; su personalidad futura depende del aprendizaje correcto en su primera etapa infantil; las primeras papillas lo condicionan para siempre. En muchos casos, la inhibición, la agresividad, la culpabilidad, la violencia y la irresponsabilidad se genera en una infancia negativa. Allí, se desvía, se impide, obstaculiza y se pierde. El niño que respira un aire justo, responsable, de respeto y tolerancia, de servicio y sacrificio, de amor y alegría, de renuncia a diversiones y egoísmos, será un hombre entero y maduro psicoafectiva y socialmente. La entereza vendrá de la formación de una recia voluntad, que exige la adquisición de hábitos por medio de la práctica de pequeños actos para eliminar veleidades y alcanzar la reciedumbre. Es imprescindible encauzar los impulsos, las tendencias y las pasiones. No se puede hacer dejación de la autoridad; inhibirse y conceder todos los caprichos es deseducar. El mismo hijo busca y pide el principio de autoridad, sin el que se siente desorientado, desprovisto y entristecido.
La acción educativa de la familia jamás puede sustituirla ni suplirla la escuela que, más tarde, se añade y adiciona a aquella. Es esa segunda etapa en la vida del niño, en que se sienta en un aula, ante el Maestro que va a procurar y completar su educación con los elementos sistemáticos e institucionalizados que el hogar ya no puede ofrecer. Decimos Maestro con mayúscula. Palabra llena, rica, evocadora y dignísima; del latín magister = maestro; el que sabe, el que enseña, corrige y dirige. Jesucristo se titula Maestro: “Vosotros me llamáis Maestro, y decís bien, porque lo soy” (Jn 13,13).
Una educación completa ha de surgir de los padres que son los principales educadores, cuya finalidad, en la formación del temperamento y desarrollo del hijo, estará en inculcarle el amor al prójimo y el recto uso de la libertad.
Déseme un pueblo rebosante de caridad, servicio y solidaridad y levantaré un edificio social feliz, justo, libre y próspero.


Camilo Valverde Mudarra
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Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

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