lunes, 16 de enero de 2006
Las acciones bélicas entabladas por EEUU a causa de la lucha antiterrorista han fracasado, el terror se ha multiplicado y encontrado nuevos incentivos para su afirmación y proliferación. La situación mundial se ha deteriorado y se ha hecho más insegura; la debilidad es mayor y tiende a empeorar; cada agresión refuerza los pretextos fanáticos y trae nuevos atentados. La violencia suscita más violencia, la sangre reclama más sangre. Nadie está a salvo del terror, cuenta con los medios suficientes para elegir el lugar, el momento y el símbolo más conveniente; la fragilidad de la sociedad occidental es evidente.

En la actualidad, el marco logístico del terrorismo se in­ternacionaliza. Al Qaeda se ha (o la han) erigido en la multinacional del odio y del terror con sus círculos asociados de bandas autoconformadas con el aporte de elementos radi­calizados e interconectados procedentes de Asia y África. El complicado y extenso entramado de la yihad neosalafis­ta global se propone la reislamización de la juventud musulmana en Europa, la reeducación que combate la integración y suscita la incitación a la yihad, la obtención de fondos y la difusión de consignas islamistas. El ámbito de operaciones yihadistas, como ya expresó el instigador Bin Laden allá por los noventa, no se encuentra limitado por ninguna circunstancia ni esfera geográfica; su idea es conseguir la reunificación política del orbe musulmán en un imperio político islámico: la fundación de un gran califa­to, cuyo dominio abarcará desde el extremo occi­dental del Mediterrá­neo hasta los territorios del sudes­te asiático. Estos propósitos, junto con los manifiestos objetivos panislámicos del reciente yihadismo facultan para definir este hecho cancerígeno como una verdadera globalización terrorista.

En esta nostálgica ambición, su hostilidad ha declarado dos frentes. Uno próximo, los dirigentes de naciones mayorita­riamente musulmanas, considerados incrédulos y apósta­tas, tiranos y corruptos, en cuanto que no observan los estrictos pre­ceptos coránicos. Pues el terrorismo yihadista de los neosa­lafistas ha englobado también, entre sus enemigos y especialmente, a poblaciones musulmanas, estig­matizadas de incrédulas, bien porque, siendo suníes, no siguen el rigorismo neosalafista ni se doblegan a las directrices de Al Qaeda y de sus socios, bien porque pertenecen a otra tradición reli­giosa adscrita a la corriente chií del Islam.

Y el otro, remoto, las sociedades de los infieles, en particular las defi­nidas como propias de judíos y cruzados. El integrismo de los terroristas panislámicos parte del convencimiento de que, para restablecer la verdadera creencia del Islam y someter, bajo su credo, a todos los hombres, la supremacía de los países occi­dentales representa un óbice primordial. De modo que los recursos y los pueb­los del entorno occidental están siendo su anhelado objetivo, hace una decena de años, no ya en los enclaves musulmanes, en que se han asentado y desplegado sus tro­pas, cuya inmediata expulsión buscan, sino también, en su propio terreno o allí donde se hallen.

Este terrorismo fanático de inspiración religio­sa, trae la destrucción; ha atacado, con saña, por todos sitios, sus actos violentos se fundamentan en la ramificación de grupúsculos difuminados por diferentes espacios, dentro y fuera del mundo árabe. Los atentados van ampliando los escenarios geopolíticos de un terror globalizado. Verdaderamente, está claro que puede realizar acciones megaterroristas de magnitud y consecuencias a escala mundial. Las expectativas de triunfo de la yihad neosalafista estriban en su capacidad de captar partidarios entre sus afines. Ahí, radica la relevancia que le otorgan a la educación doctrinal y a la divulgación de sus proezas sangrientas a través de mensajes de significado confesional. Su fuerza atacante es enorme; aunque sólo una mínima porción de los cerca de mil millones de mu­sulmanes atienda los bandos y presupuestos del iluminado Bin Laden, se puede suponer que, en su ocasional extremismo, formaría un cómputo de entre uno y dos millones de jóvenes posiblemente reclutados por la furia de un terrorismo internacional que aumenta y ataca sin tregua.

La revolución yihadista, contando con los oportunos respaldos y la conveniente avenencia de su gente, se propone instituir la soberanía neosalafis­ta en el ámbito mismo del dominio musulmán y recuperar el antiguo poderío y magnificencia del Islam. Al respecto, una vez que fue desbaratado su núcleo central en Afganistán, ha vuelto la mirada hacia Irak, convertido en un predio imprescindible, para promover la fundación del supraestado musulmán. Por eso, llevan más de dos años atentando contra Washing­ton y sus notorios aliados.

Europa no es consciente del peligro; la entrada abierta debió tener condiciones. Si quieren vivir aquí, han de jurar la Constitución y los valores democráticos, dejarse de mezquitas y de imanes adoctrinantes, dispersar la agrupación en barrios, guetos étnicos y religiosos, y acomodarse a los hábitos y costumbres de los naturales. La alianza e integración es imposible; no renuncian a su origen ni a su religión; y, donde gobiernan, persiste la vulneración sistemática de los derechos humanos y la inferioridad de la mujer es manifiesta en el burka y la lapidación dictada por tribunales coránicos.

Es una lucha ideológica; la teocracia política no es homologable al parlamentarismo.

Urge y conviene demostrar a los asesinos que la experiencia de fraternidad humana y el respeto mutuo es más fuerte que su virulento odio.

Camilo Valverde Mudarra
Publicado por CamiloVMUDARRA @ 21:28
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